Armar la marimorena.
Emociones y Opiniones. El rojo al contrario del blanco denota ira, furia y emociones, . Cuando nos ponemos el sombrero rojo podemos expresar nuestro sentir por algo, sin que haya la necesidad de dar explicaciones para ello. Siempre hemos creído que en una discusión debemos ser objetivos pues las emociones no nos permiten pensar bien. Pero tenemos una pregunta, qué ocurre si una persona que tiene una amplia experiencia (de muchos años), recibe una idea y quiere expresar su sentir que transmite toda su experiencia aunque no puede describir objetivamente el por qué de ese sentir. ¿Se debe desestimar esta opinión?.........No, porque de lo contrario estamos perdiendo un valioso aporte de la experiencia de muchas personas. Todas las pasiones atraviesan una etapa en que son pura fatalidad, abismando a su víctima por el peso de la insensatez, y por otra, muy posterior, en que se desposan con el espíritu, se “espiritualizan”. En tiempos pasados, a causa de la insensatez inherente a la pasión, se hizo la guerra a la misma trabajando por su destrucción; todos los antiguos monstruos de la moral coincidían en exigir: “hay que acabar con, las pasiones”. La fórmula más célebre al respecto está en el Nuevo Testamento, en ese Sermón de la Montaña, donde, dicho sea de paso, nada se contempla desde lo alto. Allí se dice, por ejemplo, con respecto a la sexualidad: “Si te fastidia tu ojo, sácalo.” Por fortuna, ningún cristiano cumple tal precepto. Destruir las pasiones y los apetitos nada más que para prevenir su insensatez y las consecuencias desagradables de su insensatez se nos antoja hoy, a su vez, una mera forma aguda de la insensatez. Ya no admiramos a los dentistas, que extraen los dientes para que no duelan más... Ahora bien, admitamos en honor a la verdad que en el clima en que nació el cristianismo ni podía concebirse el concepto “espiritualización de la pasión”. Sabido es que la Iglesia primitiva luchó contra los “inteligentes” en favor de los pobres de espíritu; ¿cómo iba a librar a la pasión una guerra inteligente? Combate la Iglesia la pasión apelando a la extirpación de todo sentido; su práctica, su “cura”, es la castración. Jamás pregunta: “¿Cómo se hace para espiritualizar, embellecer, divinizar un apetito?” En todos los tiempos ha hecho recaer el acento de la disciplina recomendando la exterminación de la sensualidad, el orgullo, el afán de dominar, la codicia y la sed de venganza. Mas atacar por la base las pasiones significa atacar por la base la vida misma; la práctica de la Iglesia es antivital... Al mismo recurso, el de la castración, exterminación, apelan instintivamente, en la lucha contra tal apetito, aquellos que son demasiado débiles de voluntad, demasiado degenerados para refrenarlo; aquellos que alegóricamente (y no alegóricamente) necesitan hablar de la Trappe, alguna categórica declaración de guerra, un divorcio establecido entre ellos y tal pasión. Sólo los degenerados tienen necesidad de remedios radicales: la debilidad de la voluntad, más exactamente, la incapacidad para no responder a un estímulo, no es sino una forma distinta de la degeneración. La enemistad radical, mortal hacia la sensualidad, es un síntoma que da mucho que pensar; permite sacar conclusiones respecto al estado total de la persona que llega a tal extremo. Por lo demás, esa enemistad, ese odio, sólo se exacerba a tal punto si tales personas ni siquiera., tienen ya energías suficientes para efectuar la cura radical, expulsar su “demonio”. Pasando revista a toda la historia de los sacerdotes y filósofos, aparte la de los artistas, se comprueba que las diatribas más violentas contra los sentidos parten no de los impotentes, ni tampoco de los ascetas, sino de los ascetas fallidos, de aquellos que debieron ser ascetas... Valor natural del egoismo. El egoísmo vale lo que vale fisiológicamente el que lo practica; puede valer mucho, pero puede también ser ruin y despreciable. Ante cada individuo cabe preguntar si representa la curva ascendente o la descendente de la vida. Esta dilucidación proporciona al mismo tiempo el canon para determinar el valor de su egoísmo. Si representa la curva ascendente, su valor ciertamente es extraordinario, y por la vida total que con él da un paso más hacia adelante se justifica incluso la preocupación extrema por sobrevivir, por crear su optimum de condiciones. El “individuo”, tal como el vulgo y el filósofo lo han entendido hasta ahora, es un error no es nada por sí; no es un átomo, un “eslabón de la cadena”; no es nada meramente transmitido en herencia; es también todo el único linaje humano anterior a él... Si representa la curva descendente, la decadencia, la degeneración, enfermedad crónica (las enfermedades son, en definitiva, consecuencias de la decadencia, no sus causas), tiene poco valor y la equidad elemental exige que quite lo menos posible a los íntegros y cabales. Ya no es más, en definitiva, que su parásito... Cristiano y anarquista. El anarquista, como portavoz de capas décadents de la sociedad, reivindica con hermosa indignación “justicia” e “igualdad de derechos”, se halla bajo la presión de su ignorancia, no sabe comprender por qué sufre y, en definitiva, es pobre en vida... Obra en él un impulso causal: alguien debe tener la culpa de su mala situación... Por otra parte, su enorme indignación le hace bien; es un placer lanzar diatribas en nombre de todos los pobres diablos, ya que proporciona una pequeña embriaguez de poder. La sola queja, el solo hecho de quejarse, confiere a la vida un encanto que la hace llevadera; en toda queja hay una dosis sutil de venganza, uno reprocha su malestar, eventualmente hasta su maldad, como si fuese una injusticia, un privilegio ilícito, a los que no comparten su condición. “Si yo soy canaille, tú también debes serlo”-tal es la lógica que inspira la revolución-. La queja nunca vale nada, es un producto de la debilidad. Lo mismo da, en definitiva, que uno eche la culpa de su malestar a otros, como el socialista, o a sí mismo, como, por ejemplo, el cristiano; lo que en los dos casos hay de común y de indigno es que hacen a alguien responsable de su sufrimiento; en una palabra, que el que sufre se receta contra su sufrimiento la miel de la venganza. Los objetos de esta necesidad de venganza, que viene a ser una necesidad de placer, son causas accidentales; el que sufre encuentra por doquier motivos para satisfacer su mezquino afán vindicativo; si es cristiano, los encuentra, como queda dicho, en sí mismo... Tanto el cristiano como el anarquista son décadents. Mas también el cristiano, cuando repudia, difama y vitupera al “mundo”, lo hace llevado por el afán que impulsa al trabajador socialista a repudiar, difamar y vituperar la sociedad; aun el “juicio final” es el dulce consuelo de la venganza, la revolución deseada por el trabajador socialista, proyectada en un futuro un tanto más lejano... El propio “más allá”, ¿no es en el fondo un medio de difamar este mundo? ... Crítica de la moral de decadencia. Una moral “altruista”, una moral que comporta la atrofia del egoísmo, es bajo todas las circunstancias una mala señal, respecto a los individuos y, en particular, respecto a los pueblos. Falla lo mejor si empieza a fallar el egoísmo. Optar instintivamente por lo que lo perjudica a uno, sentirse atraído por motivos “desinteresados”, es casi la fórmula de la decadencia. “No buscar su propia ventaja” es tan sólo la hoja de parra moral para disimular esta realidad muy diferente, esto es, fisiológica: “No soy ya capaz de encontrar mi propia ventaja”... ¡Disgregación de los instintos! Cuando un hombre se vuelve altruista, quiere decir que está perdido. En vez de decir ingenuamente: “Yo ya no sirvo para nada”, dice la mentira moral por boca del décadent: “Nada vale nada; la vida no vale nada...” Tal juicio constituye, en definitiva, un grave peligro, pues es contagioso; no tarda en proliferar por toda la extensión del suelo mórbido de la sociedad, hasta quedar transformado en una tupida vegetación conceptual, ya como religión (cristianismo) o como filosofía (schopenhauerianismo). Tal vegetación venenosa, brotada de la podredumbre, es susceptible de infectar con sus miasmas vastas áreas de la vida por espacio de milenios... No se imagina cómo he practicado hasta el final el programa de ausencia de pensamientos: y tengo razón en serle fiel, porque “detrás del pensamiento está el diablo” de un furioso acceso de dolor. Tal fue el costo del manuscrito que le llegó desde Saint-Moritz. Probablemente nadie lo hubiera querido escribir a ese precio, en el caso de que se pudiera evitar hacerlo. Ahora con frecuencia su lectura me produce horror, por los largos apartados y los malos recuerdos. Con excepción de algunas líneas, el total fue concebido sobre la marcha y esbozado con lápiz en seis cuadernitos: la transcripción me daba náuseas. Tuve que dejar pasar una veintena de encadenamientos más largos, desafortunadamente algunos de los más esenciales, porque nunca tenía el tiempo suficiente para extraerlos del horrible garabateo en lápiz: lo que ya me sucedió el verano pasado. Después de lo cual, el encadenamiento de los pensamientos escapa de mi memoria: en efecto tengo que arrebatar los minutos y los cuartos de hora a la “energía del cerebro” de la que usted habla, arrancándolos de un cerebro que sufre. A veces me parece que no podré hacerlo nunca más. Leo su copia y me cuesta entenderme a mí mismo, de tan agobiada que está mi cabeza. Aunque para mí escribir esté entre los frutos rigurosamente prohibidos, usted, a quien venero como a una hermana mayo, debía recibir una carta mía -¡y sin duda será la última! Porque el espantoso y casi incesante martirio de mi vida me hace languidecer en espera de su fin, y según ciertos indicios la apoplejía liberadora estaría bastante próxima como para confiar en su llegada. Con respecto al tormento y a la renunciación, puedo comparar mi vida de estos últimos años con la de un asceta de cualquier época: si bien es cierto que los mismo años me beneficiaron mucho en cuanto a la purificación y a la limpieza del alma -y para eso no tuve necesidad ni de religión ni de arte. (Observará que estoy orgulloso de eso; en realidad, sólo el desamparo total me permitió descubrir mis propias fuentes de salud.) Creo haber realizado la obra de mi vida, es cierto que no teniendo un momento de tranquilidad. Pero sé que para muchos derramé un gran gota de aceite y que les di una señal de ánimo pacifico y de sentido de la equidad para la elevación de sí mismos. Le escribo esto como agregado, a decir verdad debería ser pronunciado en el momento de la conclusión de mi “humanidad”. Ningún dolor ha podido ni podría inducirme a un falso testimonio contra la vida tal como yo la concibo. Mi existencia es una carga espantosa: la hubiera rechazado hace mucho tiempo, de no ser por las experimentaciones tan instructivas en el dominio intelectual y moral, precisamente durante ese estado de sufrimiento y de renunciación casi absoluta -ese alegre humor, ávido de conocer, me eleva a alturas donde triunfo sobre cualquier tortura y cualquier desesperanza. En términos generales, nunca fui más feliz en toda mi vida: ¡así y todo! Un constante dolor, una sensación parecida al mareo, durante horas una semiparálisis que me vuelve difícil la palabra, alternando con accesos furiosos (el último me hizo vomitar tres días y tres noches, ¡esperaba que viniera la muerte! Permanecer solo y pasearme, aire de altura, régimen en base a huevos y leche. Cualquier remedio calmante ha sido inútil. El frío me hace muy mal. El consuelo son mis pensamientos y mis perspectivas. Durante esos recorridos garrapateo aquí y allá algo sobre una hoja, no escribo nada sobre mi escritorio, algunos amigos descifran mis garabatos. A continuación va mi última producción (que mis amigos terminaron de pasar en limpio): acéptelo con benevolencia, incluso si no coincidiera en parte con su propia manera de pensar. (No busco “adeptos” -¡créame!- gozo de mi libertad y deseo ese placer a todos los que tienen derecho a la libertad espiritual.) En el presente toda mi capacidad de inventiva y todo mis esfuerzos tienden a conseguir una soledad de buhardilla, donde las exigencias necesarias y las más simples de mi naturaleza, como me las han revelado tantos y tantos dolores, puedan encontrar su satisfacción legítima. ¡Y quizá lo logre! El combate cotidiano contra mi dolor de cabeza y la ridícula diversidad de mis estados de angustia exigen tanta atención que corro el riesgo de volverme egoísta -se trata de contrapesar impulsos muy generales, muy sublimes que me domina a tal punto que, sin poderosos contrapesos, tendría que volverme loco. Justamente acabo de salir a flote de un acceso de los más duros, y apenas me he sacudido una desolación de dos días cuando ya de nuevo mi locura se echa a corre tras cosas inconcebibles desde el primer despertar, e ignoro si para otros habitantes de buhardillas la aurora alguna vez iluminó cosas más agradables y más deseables...
Estar más sucio que el palo de un gallinero.
Tomemos, como ejemplo, un determinado capitalista, v. gr. un arrendatario, en el momento de iniciar sus negocios. Durante el primer año desembolsa un capital–dinero, de 5,000 libras esterlinas supongamos, destinado a comprar y pagar medios de producción (4,000 libras) y fuerza de trabajo (1,000 libras). Supongamos que la cuota de plusvalía sea del 100 por 100 y la plusvalía apropiada por este capitalista = 1,000 libras esterlinas. Las 5,000 libras anteriores representan todo lo que desembolsa como capital–dinero. Pero, además, tiene que vivir, y no puede sacar ningún dinero de su explotación antes del final del año. Supongamos que su consumo ascienda a 1,000 libras esterlinas. Tiene necesariamente que poseer esta cantidad. Claro está que, según él se la tiene que adelantar él mismo durante el primer año. Sin embargo, este adelanto –que aquí sólo tiene una significación subjetiva– quiere decir, pura y simplemente, que durante el primer año tiene que cubrir su consumo individual con dinero sacado de su propio bolsillo, en vez de pagarlo con la producción arrancada gratis a sus obreros. Este dinero no es desembolsado por él como capital. Lo gasta, lo paga como equivalente de los medios de subsistencia consumidos por él. Este valor es invertido por él en dinero, lanzado a la circulación para retirar de ella el valor correspondiente en mercancías. Este valor en mercancías es el que consume. No guarda, pues, ya la menor relación con su valor. El dinero con que el capitalista lo paga existe como elemento de dinero circulante. Pero el valor de este dinero lo ha retirado de la circulación en forma de productos y con los. productos en que existía se destruye también su valor. Al final del año, nuestro capitalista pone en circulación un valor en mercancías de 6,000 libras esterlinas, y lo vende. Con ello, refluye a él: 1) el capital–dinero de 5,000 libras por él desembolsado; 2) la plusvalía de 1,000 libras convertida en dinero. El capitalista ha desembolsado, ha lanzado a la circulación como capital 5,000 libras esterlinas y retira de ella 6,000, 5,000 que representan el capital y 1,000 que constituyen la plusvalía. Estas 1,000 libras esterlinas se realizan monetariamente con el dinero que él mismo ha puesto en circulación, no como capitalista, sino como consumidor. Ahora, estas 1,000 libras refluyen a él como la forma–dinero de la plusvalía por él producida. Y a partir de ahora, todos los años se repite la misma operación. Pero desde el segundo año, las 1,000 libras esterlinas gastadas por él son ya constantemente la forma transformada, la forma–dinero de la plusvalía que produce. Plusvalía que gasta anualmente y que anualmente revierte a él. Saunas Barcelona Tan pronto como todo el valor capital invertido por un capitalista individual en una rama cualquiera de producción ha descrito el ciclo de sus movimientos, vuelve a revestir su forma inicial y se halla en condiciones de repetir el mismo proceso. Y no tiene más remedio que hacerlo, si el valor ha de perpetuarse y valorizarse como valor capital. Cada uno de los ciclos representa en la vida del capital simplemente una etapa que se repite constantemente, y por tanto un período. Al final del período D...D' el capital vuelve a revestir de forma que envuelve su proceso de reproducción o de valorización. Al término del período P...P el capital vuelve a asumir la forma de los elementos de producción que constituyen la premisa de un ciclo renovado. El ciclo del capital, considerado no como un fenómeno aislado, sino como un proceso periódico, se llama su rotación. La duración de ésta se determina por la suma de su tiempo de producción y del tiempo durante el cual describe su ciclo. Los dos sumandos dan el tiempo de rotación del capital. Esta suma constituye, por tanto, el intervalo entre un período cíclico del valor capital en conjunto y el siguiente, la periodicidad que existe en el proceso de vida del capital o, si se quiere, el tiempo de renovación o de repetición del proceso de valorización o de producción del mismo valor–capital. Saunas BCN Pues bien; ¿qué nos dice la tercera carta social [p. 87] respecto al nacimiento de la plusvalía? Nos dice, sencillamente, que la "renta", término en el que el autor sintetiza la renta del suelo y la ganancia no nace de un "recargo de valor" sobre el valor de la mercancía, sino "como consecuencia de una deducción de valor que se le impone al salario; en otros términos, porque el salario sólo representa una parte del valor del producto del trabajo" y porque allí donde la productividad del trabajo es suficiente, "no necesita ser igual al valor natural de cambio de su producto, con objeto de que quede un remanente para la reposición del capital (!) y para la renta". Sin que se nos diga qué "valor natural de cambio" del producto es ése en el que no queda ningún remanente para la "reposición del capital", es decir, para la reposición de las materias primas y del desgaste de las herramientas. Saunas Pero, tanto en la sección primera como en la segunda, se trataba siempre de un capital individual, de la dinámica de una parte sustantivada del capital social. Girls Barcelona Midiendo siempre las cosas con el metro de la prehistoria (prehistoria que, por lo demás, existe o puede existir de nuevo en todo tiempo): también la comunidad mantiene con sus miembros esa importante relación fundamental, la relación del acreedor con su deudor. Uno vive en una comunidad, disfruta las ventajas de ésta (¡oh, qué ventajas!, hoy nosotros las infravaloramos a veces), vive protegido, bien tratado, en paz y confianza, tranquilo respecto a ciertos perjuicios y ciertas hostilidades a que está expuesto el hombre de fuera, el «proscrito» ––un alemán entiende lo que quiere significar originariamente la «miseria» (Elend, élend)––, pero uno también se ha empeñado y obligado con la comunidad en lo que respecta precisamente a esos perjuicios y hostilidades. ¿Qué ocurrirá en otro caso? La comunidad, el acreedor engañado, se hará pagar lo mejor que pueda, con esto puede contarse. Lo que menos importa aquí es el daño inmediato que el damnificador ha causado: prescindiendo por el momento del daño, el delincuente es ante todo un «infractor», alguien que ha quebrantado, frente a la totalidad, el contrato y la palabra con respecto a todos los bienes y comodidades de la vida en común, de los que hasta ahora había participado. El delincuente es un deudor que no sólo no devuelve las ventajas y anticipos que se le dieron, sino que incluso atenta contra su acreedor: por ello a partir de ahora no solo pierde, como es justo, todos aquellos bienes y ventajas, –– ahora, antes bien, se le recuerda la importancia que tales bienes poseen. La cólera del acreedor perjudicado, de la comunidad, le devuelve al estado salvaje y sin ley, del que hasta ahora estaba protegido: lo expulsa fuera de sí, –– y ahora puede descargar sobre él toda suerte de hostilidad. La «pena» es, en este nivel de las costumbres, sencillamente la copia, el mimus [reproducción] del comportamiento normal frente al enemigo odiado, desarmado, sojuzgado, el cual ha perdido no sólo todo derecho y protección, sino también toda gracia: es decir, el derecho de guerra y la fiesta de victoria del vae victis [¡ay de los vencidos!] en toda su inmisericordia y en toda su crueldad: –– así se explica que la misma guerra (incluido el culto de los sacrificios guerreros) haya producido todas las formas en que la pena se presenta en la historia. madrid Girls Lo que causa en A. Smith todo este desaguisado es la categoría “renta”. Las diversas clases de rentas forman, según él las comporent parts, las partes integrantes del nuevo valor de las mercancías producido anualmente, mientras que, por el contrario, las dos partes en que este valor de las mercancías se descompone para el capitalista –el equivalente de su capital variable adelantado en forma de dinero al comprar la fuerza de trabajo y la otra parte de valor que le pertenece también a él pero que no le ha costado nada, o sea la plusvalía– constituyen fuentes de rentas. El equivalente del capital variable se adelanta de nuevo al invertirse en fuerza de trabajo y, en este sentido constituye una renta para el obrero bajo la forma del salario; la otra parte –la plusvalía–, como no tiene que resarcirse ningún capital adelantado por el capitalista, puede ser invertida por éste en medios de consumo –medios de consumo necesarios y de lujo–, puede ser gastada como renta, en vez de constituir valor–capital de ninguna clase. Esta renta tiene como premisa el propio valor de las mercancías, y sus partes integrantes sólo se distinguen, para el capitalista, en cuanto son, o bien el equivalente de o el remanente sobre el valor del capital variable adelantado por él. Ambas consisten exclusivamente en fuerza de trabajo aplicada durante la producción de mercancías, puesta en acción como trabajo. Consisten en un gasto, no en un ingreso o en una renta: en un gasto de trabajo. Prostitutas valencia La distinción entre estas dos clases de desembolsos sólo surge una vez que el capital desembolsado se convierte en los diversos elementos que forman el capital productivo. Es una distinción que afecta única y exclusivamente a esta clase de capital. Por eso a Quesnay no se le ocurre incluir el dinero ni entre los desembolsos primitivos ni entre los anuales. Como desembolsos que son de la producción –es decir, como capital productivo–, ambos se enfrentan tanto con el dinero como con las mercancías que se hallan en el mercado. Además, Quesnay reduce acertadamente la distinción entre estos elementos del capital productivo al distinto modo como entran a formar parte del valor del producto terminado y, por tanto, al distinto modo como su valor circula con el valor del producto, lo que significa también el distinto modo como se repone o reproduce, ya que el valor de uno de estos elementos se repone íntegramente en un solo año, mientras que el del otro se va reponiendo gradualmente en períodos de tiempo más largos.1 Anuncios de putas en Madrid Es evidente de por si que el concepto de la parte de capital invertida en fuerza de trabajo como capital circulante constituye un concepto secundario, puesto que su differentia specifica se borra en el proceso de producción. Por una parte, en este concepto se equiparan los capitales invertidos en trabajo y los que se invierten en materias primas, etc.; una categoría que identifica una parte del capital constante con el capital variable nada tiene que ver con la differentia specifica del capital variable por oposición al constante. Por otra parte, aunque se contraponen entre si las partes del capital invertidas en trabajo y en medios de vida, la contraposición no se basa, ni mucho menos, en el hecho de que se incorporan de muy distinto modo a la producción del valor, sino en el de que ambos transfieren su valor dado al producto, aunque en plazos distintos. Prostitutas de lujo en Burgos En realidad, Ricardo acepta íntegramente la teoría de A. Smith sobre la descomposición del precio de la mercancía en salario y plusvalía (o capital variable y plusvalía). En lo que discute con él es: 1º en lo referente a las partes integrantes de la plusvalía: Ricardo elimina la renta del suelo como elemento necesario de ésta; 2º Descompone el precio de la mercancía en estas partes integrantes. La magnitud de valor es, por tanto, lo primero. La suma de las partes integrantes se presupone como magnitud dada; se parte de ella, en vez de proceder a la inversa, como hace frecuentemente A. Smith, en contradicción con su propia visión profunda, estableciendo la magnitud de la mercancía post festum por adición de sus partes integrantes. masajes eróticos En cualquier otro capital de 500 libras esterlinas que refluye bajo las mismas condiciones, la forma–dinero constantemente renovada es la forma transformada del capital–mercancías producido que se lanza a la circulación cada cuatro semanas y que al venderse –es decir, mediante la sustracción periódica de la suma de dinero con cuya forma entró primitivamente en el proceso– vuelve a recobrar constantemente esta forma–dinero. Aquí, por el contrario, se lanza en cada período de rotación del mismo proceso de producción al proceso de circulación una nueva masa adicional de dinero por valor de 500 libras esterlinas, para sustraer constantemente a él materiales de producción y fuerza de trabajo. Este dinero lanzado a la circulación no vuelve a sustraerse a ella por el ciclo de este capital, sino que aumenta aún más mediante las masas de oro que constantemente se producen de nuevo. barcelona sauna El capitalista lanza a la circulación, en forma de dinero, menos valor del que saca de ella, porque hace circular más valor en forma de mercancía del que bajo la misma forma retira de la circulación. Cuando actúa simplemente como personificación del capital, como capitalista industrial, su oferta de valor en forma de mercancías es siempre mayor que su demanda de valor en idéntica forma. Sí la oferta y la demanda coinciden en este plano, no podría valorizarse su capital; éste no funcionaría como capital productivo, el capital productivo se convertiría en simple capital–mercancías, que no lleva adherida plusvalía alguna; de ser así, no habría arrancado a la fuerza de trabajo, durante el proceso de producción, la menor plusvalía en forma de mercancías, lo que vale tanto como decir que no habría funcionado como capital: tiene, indudablemente, que “vender más caro que compró”, pero si logra esto es precisamente porque, gracias al proceso capitalista de producción, puede convertir la mercancía más barata, por ser de menos valor, comprada por él, en otra más cara, por ser de mayor valor. Sí vende más caro, no es porque recargue el valor de su mercancía, sino porque vende una mercancía de valor superior a la suma de valor de sus ingredientes de producción. barcelona acompañante D' no es más que el resultado de la realización de M'. Ambos, M' y D' son, pura y exclusivamente, formas distintas, la forma mercancía y la forma dinero, del valor del capital valorizado; ambos tienen de común el ser eso: el valor del capital valorizado. Ambos son capital realizado porque, aquí, el valor del capital existe como tal junto con la plusvalía, fruto distinto de él y conservado por él, a pesar de que esta diferencia sólo se expresa en la forma distinta de la relación entre dos partes de una suma de dinero o de un valor contenido en mercancías. Pero, como expresiones del capital en relación con y a diferencia de la plusvalía engendrada por él, es decir, como expresiones del valor valorizado, D' y M' son lo mismo y expresan lo mismo, sólo que bajo forma distinta; no se distinguen como capital–dinero y capital–mercancías, sino como dinero y mercancía. En cuanto representan valor valorizado, capital empleado como capital, no hacen más que expresar el resultado de la función del capital productivo, de la única función en que el valor del capital pare valor. Lo que tienen de común es que ambos, el capital–dinero y el capital–mercancías, son modalidades del capital. Uno es capital en forma de dinero, otro capital en forma de mercancías. Por tanto, las funciones específicas que los distinguen no pueden ser otras que las diferencias que median entre la función del dinero y la función de la mercancía. El capital–mercancías, como producto directo del proceso capitalista de producción, recuerda su origen y es, por tanto, en su forma, más racional, menos carente de sentido que el capital–dinero, que no conserva el menor vestigio de este proceso, ya que en el dinero desaparece siempre toda forma específica de uso de la mercancía. Donde se esfuma su forma peregrina sólo es, pues, allí donde el mismo D' funciona como capital–mercancías, donde es el producto directo de un proceso de producción y no la forma transfigurada de este producto; es decir, en la producción del mismo material–dinero. Tratándose de la producción de oro, por ejemplo, la fórmula sería: deliciasbcn.com
Saber a rayos.
Comencemos, pues, por la reproducción simple del capital productivo. Para ello, partiremos, como en el capítulo primero, del supuesto de que las circunstancias permanecen invariables y de que las mercancías se compran y se venden por su valor. Toda la plusvalía es absorbida, bajo este supuesto, por el consumo personal del capitalista. Tan pronto como se opera la transformación del capital–mercancías M' en dinero, la parte de la suma de dinero que representa el valor del capital sigue circulando en el ciclo del capital industrial; la otra parte, que es plusvalía convertida en oro, entra en la circulación general de mercancías, es circulación de dinero que parte del capitalista, pero funciona al margen de la circulación de su capital individual. Chicas alterne Madrid A las tres potencias fisiológicas fundamentales corresponden los tres gunas o propiedades fundamentales de los indos. Tamas-Guna, torpeza, tontería, corresponde a la potencia reproductiva —RajasGuna, apasionamiento, a la irritabilidad—; y Sattva‑Guna, sabiduría y virtud, a la sensibilidad. Y si se añade que tamasguna es la suerte de los animales, rajasguna la de los hombres y sattvaguna la de los dioses, queda expresado de manera más mitológica que fisiológica. Sauna relax Barcelona ¿O acaso lo que quiere decir es que el capital invertido para producir mercancías y venderlas con una ganancia debe, después de convertirse en mercancías, venderse y pasar, mediante la venta, de manos del vendedor a manos del comprador, en primer lugar, y en segundo lugar trocar su forma natural de mercancías por la forma dinero, siendo por tanto inútil para su poseedor mientras permanezca en sus manos o se mantenga –para él– bajo la misma forma? En este caso, ello equivaldría a decir que el mismo valor capital que antes funcionaba en forma de capital productivo, en una forma apta para el proceso de producción, funciona ahora como capital mercancías y capital–dinero bajo sus formas idóneas para el proceso de circulación, no siendo ya, por tanto, ni capital fijo ni capital circulante. Y esto se refiere tanto a los elementos de valor añadidos por las materias primas y auxiliares, es decir, por el capital circulante, como a los incorporados por el consumo de los medios de trabajo, es decir, por el capital fijo. Como vemos, tampoco por este camino nos acercamos ni un paso a la distinción entre el capital fijo y el capital circulante. escort catalana Y obsérvese que este papa de la “low church”, esta cabeza visible de los pietistas ingleses, al igual que el supradicho Mr. Bankes, se las arregla para capar más todavía los míseros jornales de los braceros, embolsándose una parte considerable de ellos en concepto de rentas de casa. madrid callgirl Si prescindimos del carácter concreto de la actividad productiva y, por tanto, de la utilidad del trabajo, ¿qué queda en pie de él? Queda, simplemente, el ser un gasto de fuerza humana de trabajo. El trabajo del sastre y el del tejedor, aun representando actividades productivas cualitativamente distintas, tienen de común el ser un gasto productivo de cerebro humano, de músculo, de nervios, de brazo, etc.; por tanto, en este sentido, ambos son trabajo humano. No son más que dos formas distintas de aplicar la fuerza de trabajo del hombre. Claro está que, para poder aplicarse bajo tal o cual forma, es necesario que la fuerza humana de trabajo adquiera un grado mayor o menor de desarrollo. Pero, de suyo, el valor de 1a mercancía sólo representa trabajo humano, gasto de trabajo humano pura y simplemente. Ocurre con el trabajo humano, en este respecto, lo que en la sociedad burguesa ocurre con el hombre, que como tal hombre no es apenas nada, pues como se cotiza y representa un gran papel en esa sociedad es como general o como banquero.15 El trabajo humano es el empleo de esa simple fuerza de trabajo que todo hombre común y corriente, por término medio, posee en su organismo corpóreo, sin necesidad de una especial educación. El simple trabajo medio cambia, indudablemente, de carácter según los países y la cultura de cada época, pero existe siempre, dentro de una sociedad dada. El trabajo complejo no es mas que el trabajo simple potenciado o, mejor dicho, multiplicado: por donde una pequeña cantidad de trabajo complejo puede equivaler a una cantidad grande de trabajo simple. Y la experiencia demuestra que esta reducción de trabajo complejo a trabajo simple es un fenómeno que se da todos los días y a todas horas. Por muy complejo que sea el trabajo a que debe su existencia una mercancía, el valor la equipara enseguida al producto del trabajo simple, y como tal valor sólo representa, por tanto, una determinada cantidad de trabajo simple.16 Las diversas proporciones en que diversas clases de trabajo se reducen a la unidad de medida del trabajo simple se establecen a través de un proceso social que obra a espaldas de los productores, y esto les mueve a pensar que son el fruto de la costumbre. En lo sucesivo, para mayor sencillez, consideraremos siempre la fuerza de trabajo, cualquiera que ella sea, como expresión directa de la fuerza de trabajo simple, ahorrándonos así la molestia de reducirla a la unidad. www.girlsbcn.org Mas, para que exista verdadero sistema de maquinaria y no una serie de máquinas independientes, es necesario que el objeto trabajado recorra diversos procesos parciales articulados entre sí como otras tantas etapas y ejecutados por una cadena de máquinas diferentes, pero relacionadas las unas con las otras y que se complementen mutuamente. Aquí, volvemos a encontrarnos con aquella cooperación basada en la división del trabajo característica de la manufactura, pero ahora como combinación de diferentes máquinas parciales. Las herramientas específicas de los diversos obreros especializados, por ejemplo –fijándonos en la manufactura lanera–, del que apalea la lana, del que la carda, del que la tritura, del que la hila, etc., se convierten ahora en herramientas de otras tantas máquinas específicas de trabajo, cada una de las cuales constituye un órgano especial creado para una función especial dentro del sistema del mecanismo instrumental combinado. La manufactura aporta al sistema de maquinaría, en aquellas ramas en que primero se introduce, la base elemental de la división del trabajo, y, por tanto, de la organización del proceso de producción.16, Sin embargo, inmediatamente se interpone una diferencia sustancial. En la manufactura, los obreros, aisladamente o en grupos, tienen que ejecutar cada proceso parcial específico con sus herramientas. Y si el obrero es asimilado por el proceso de producción, éste ha tenido que adaptarse antes al obrero. En la producción a base de maquinaria desaparece este principio subjetivo de división del trabajo. Aquí. el proceso total se convierte en objetivo, se examina de por sí, se analiza en las fases que lo integran, y el problema de ejecutar cada uno de los procesos parciales y de articular estos diversos procesos parciales en un todo se resuelve mediante la aplicación técnica de la mecánica, la química, etc.17 para lo cual, como es lógico, las ideas teóricas han de ser necesariamente corregidas y completadas, ni más ni menos que antes, en gran escala, por la experiencia práctica acumulada. Cada máquina parcial suministra la materia prima a la que le sigue inmediatamente, y como todas ellas trabajan al mismo tiempo, el producto se encuentra constantemente recorriendo las diversas fases del proceso de fabricación, a la par que en el tránsito de una fase de producción a otra. Y así como en la manufactura la cooperación directa de los obreros parciales crea una determinada proporción numérica, entre los diversos grupos de obreros, en el sistema orgánico establecido a base de maquinaria el funcionamiento constante de las máquinas parciales en régimen de cooperación crea una proporción determinada entre su número, su volumen y su velocidad. La máquina de trabajo combinada, que ahora es un sistema orgánico de diversas máquinas y grupos de máquinas, es tanto más perfecta cuanto más continuo es su proceso total, es decir, cuanto menores son las interrupciones que se deslizan en el tránsito de la materia prima desde la primera fase hasta la última y, por tanto, cuanto menor es la intervención de la mano del hombre en este proceso y mayor la del mismo mecanismo, desde la fase inicial hasta la fase final. Sí en la manufactura el aislamiento de los procesos diferenciados es un principio dictado por la propia división del trabajo, en la fábrica ya desarrollada impera el principio de la continuidad de los procesos específicos. contactos marbella La prolongación desmedida de la jornada de trabajo que trae consigo la maquinaria puesta en manos del capital, provoca al cabo de cierto tiempo, como hemos visto, una reacción de la sociedad, amenazada en su nervio vital, y esta reacción acaba imponiendo una jornada normal de trabajo limitada por la ley. Y ésta, a su vez, hace que se desarrolle y adquiera importancia decisiva un fenómeno con el que ya hubimos de encontrarnos más atrás, a saber: la intensificación del trabajo. Cuando analizábamos la plusvalía absoluta, nos preocupábamos primordialmente de la magnitud extensiva del trabajo, dando por supuesto su grado de intensidad. Aquí, veremos cómo la magnitud extensiva se trueca en intensiva o en magnitud de grado.





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